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Faltaba una hora para comenzar la conferencia de presidentes del viernes cuando Íñigo Urkullu anunciaba su asistencia por sorpresa, cuando todo apuntaba a su ausencia para acompañar en el desaire al presidente catalán. El lehendakari hacía de la necesidad virtud y se agarraba a un doble asidero: marcar diferencias de moderación con el rebelde Quim Torra, que no puede soportar estar junto al jefe del Estado, y sobre todo aprovechar las últimas concesiones que Moncloa ha tenido a bien anunciarle sobre el déficit del País Vasco y la bilateralidad de su relación.