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Cuando en 1961 el director Terence Young aceptó la propuesta de adaptar a la gran pantalla la primera aventura del agente secreto James Bond, el primer desafío al que tuvo que hacer frente fue ‘refinar’ las formas del rudo galán escocés que iba a dar vida al personaje, un Sean Connery de 31 años. Poco amigo de exquisiteces y menos aún de sastrerías, el joven intérprete debía encarnar a todo un bon vivant, así que Young decidió hacerle ‘sentir’ literalmente la elegancia.