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Del inconfundible aroma salino de una ostrería del barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés, en la orilla canalla del Sena, al claroscuro flamenco de un tabanco jerezano, con sus barricas de vino añejo apiladas sobre la pared, hay casi 2.000 kilómetros de distancia geográfica; y sin embargo, apenas un trecho sentimental en el paladar si nos sentamos a comer (y disfrutar) en una de las butacas del restaurante Lú Cocina y Alma.